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El ex espía del CNI encarcelado por traidor guardaba la carta con la que se vendió a Rusia
García, encarcelado desde el pasado jueves por un presunto delito de
traición, se encontró en los registros practicados en su domicilio y en
su oficina del Puerto de la Cruz (Tenerife): una carta de noviembre de
2001 en la que ofrecía información sensible a los servicios secretos
rusos a cambio del cobro de 200.000 dólares. El gesto de conservar esta
misiva que le incrimina personalmente refleja la personalidad de este
cabo de la Guardia Civil que se infiltró al máximo nivel en el entorno
de ETA y en la oposición peruana con tanta audacia como imprudencia,
antes de que se le invitase en 2004 a darse de baja en el CNI por
"indisciplinado".
El ex agente del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) Roberto Flórez
García guardaba por escrito el testimonio de su traición. En los
registros practicados el pasado lunes en su domicilio y su despacho
profesional en el Puerto de la Cruz (Tenerife) se ha encontrado una
copia de la carta que, en noviembre de 2001, dirigió a los servicios
secretos rusos ofreciéndoles sus servicios. Reclamaba un primer pago de
200.000 dólares (más de 145.000 euros) a cambio de información. Se
supone que cobró mucho más durante los dos años largos que duró su
colaboración con Moscú.
Además de correspondencia muy comprometedora, Flórez archivaba
copias de los informes que vendió al espionaje ruso: nombres de decenas
de agentes, estructura y procedimientos del servicio secreto, planes de
operaciones, etc. No parecía una práctica muy inteligente, pero este
agente siempre dio muestras de andar tan sobrado de audacia como falto
de la menor precaución.
En la primavera de 2005, un colaborador
ruso del CNI desapareció sin dejar rastro en su país. Más tarde se supo
que había sido detenido por corrupción. Podía ser casualidad, pero no
era la primera. En 2002 y 2003 se habían producido incidentes
similares: objetivos neutralizados en Rusia al primer acercamiento,
operaciones abortadas en sus fases más incipientes...
Los
responsables del servicio secreto español no podían seguir mirando a
otro lado. Era evidente que tenían un problema: un agujero de
dimensiones desconocidas por el que se había filtrado, o quizá se
seguía filtrando, información altamente sensible.
El director del CNI, Alberto Saiz, creó un gabinete de crisis y le encargó la tarea de localizar al topo. No se conocía el alcance ni la amplitud de la red de complicidades que el traidor podía tener dentro de La Casa,
como llaman sus miembros al centro de inteligencia. Por eso, el equipo
de investigación se reunió fuera de la sede oficial y su propia
existencia se mantuvo en secreto.
Tras dos años de trabajo, la
maraña se fue desenredando y los hilos confluyeron en un guardia civil
que dejó el centro en febrero de 2004, tras doce años de servicio.
Nunca pasó de cabo (se ha dicho erróneamente que era suboficial) pero
sus antiguos jefes reconocen que era "uno de los mejores a la hora de
obtener información sobre el terreno".
Es decir: no era un
analista, que elabora sesudos informes de despacho, ni un operativo,
que escala tapias y coloca micrófonos, sino alguien capaz de
emborrachar a un islamista o de hacer hablar a un monje con voto de
silencio.
Nacido en mayo de 1965 en Asturias, ingresó en la
Guardia Civil con 19 años. El CNI lo captó en 1992, como a otros muchos
agentes destinados en el servicio de información de la Comandancia de
Intxaurrondo (Guipúzcoa), y lo mantuvo en el País Vasco, integrado en
un equipo en el que pronto descolló.
"Era muy bueno en lo suyo",
recuerda un general que lo recibió en su despacho, a pesar de que se
trataba de un guardia de base, lo que evidencia hasta qué punto se le
valoraba. "Tenía don de gentes y logró hacer relaciones importantes, de
un nivel bastante alto, en el entorno de ETA. Pero también es verdad",
agrega el general, "que corría demasiados riesgos. Se iba de chatos con
un batasuno y luego acudía a saludar al comandante de la Guardia Civil.
'¿Cómo haces eso?', le reñía. Y él se encogía de hombros".
En
1997, el CNI decidió sacarlo del País Vasco, por temor a que acabara
por ser descubierto. Y lo mandó lejos: a la embajada española en Perú,
como ayudante del agregado de información.
En Lima dio pruebas,
una vez más, de su facilidad para hacer amigos. Se infiltró en el grupo
opositor Perú Posible y se ganó la confianza de quien luego sería
presidente peruano Alejandro Toledo. Pero su disponibilidad para acudir
a cualquier hora, sin importarle faltar a su trabajo, hizo sospechar al
periodista Gustavo Gorriti, quien descubrió su condición de espía con
una simple llamada a la sede diplomática española. Un reportaje en el
diario peruano La República, en abril de 2000, provocó su inmediata y forzosa repatriación.
De
vuelta a Madrid, fue destinado a La Escuela, una dependencia de la sede
central del CNI donde se forman los nuevos agentes y se reciclan los
veteranos.
Allí tuvo ocasión de conocer a fondo los
procedimientos operativos del servicio secreto y relacionarse con
agentes destinados en la División de Contrainteligencia y, en especial,
en el área de Rusia, a la que logró ir destinado en enero de 2004, sólo
un mes antes de su salida del centro. Flórez no fue expulsado ni
denunciado a la policía como ha asegurado el entonces ministro de
Defensa, Federico Trillo-Figueroa, del PP. Ni tampoco se marchó
voluntariamente, como dijo Saiz. "Simplemente, se le invitó a pedir la
baja", explica un antiguo responsable del CNI.
No está clara la
razón de esta pérdida de confianza. Como mínimo, vulneró las normas de
seguridad y dio muestras de indisciplina. Flórez tenía motivos para
estar descontento. En el País Vasco y en Perú, nadie controlaba sus
movimientos y además ganaba mucho más dinero. En la sede del CNI, era
un guardia de base, sin idiomas, ni estudios, ni perspectivas de
carrera profesional.
"A enemigo que huye, puente de plata",
repite el ex responsable del CNI, quien admite que nunca se investigó a
Flórez y que creyó que con su marcha se libraba de un problema. Craso
error.




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